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Martha Lucía Mosquera, guía ciudadana afrodescendiente

“Misión Bogotá:
una oportunidad para reconstruir los sueños”

Noviembre 27 de 2006.- Nací hace 40 años en Condoto, Chocó, un pueblo cerca de los ríos San Juan y Cocoró, en donde nacen los ‘guachupés’, peces muy populares en nuestra región. En Condoto la gente es muy amable y las expresiones culturales nacen como la hierba en las calles. Recuerdo que mi mamá me contaba historias de espantos, de antepasados y otros mitos, como el de un personaje mitad pez y mitad hombre, llamado  “guachupé”, que recorría el pueblo, cantando y bailando.

En Condoto la gente vive de la minería. Yo me dedicaba a barequear, sacaba oro y platino de la tierra con una batea. Los granos se pesaban en una balanza. Recuerdo que el oro de mi pueblo era bien duro y el gramo queda bien pesado. Había oro de 18 kilates, pero ya no es abundante como hace 20 años. Con el tiempo, metieron retroexcavadoras y dañaron la tierra que daba oro.  Yo tenía mucho oro, tenía anillos, cadenas y uñas de oro. Por eso es que yo no le paro muchas bolas al oro que veo aquí en Bogotá.

Las fuentes de trabajo en Condoto son escasas y los pocos empleos que existen se obtienen por la política. Por eso es que uno se viene a Bogotá, a buscar mejores fuentes de trabajo sin necesidad de palancas. Además, el nivel de estudio es más alto y hay mejores posibilidades de salir adelante. En Bogotá es más fácil emplearse en alguna institución, como Misión Bogotá, en dónde no se necesita de los políticos sino de uno mismo. 

El papá de mi hijo lo conocí en mi pueblo. Al poco tiempo nos trasladamos para Bogotá,
con la condición de que yo siguiera
estudiando. No obstante, cuando llegué a la ciudad las cosas cambiaron, me tocó trabajar, sostener el hogar y ser ama de casa.
Recuerdo que llegamos a vivir  a Kennedy.  A los diez días, conseguí trabajo en un cultivo
de flores y lo que ganaba se lo entregaba a él, supuestamente para comprar cosas para la casa. Pero nunca traía nada ni me devolvía la plata. El se iba durante largo tiempo y me dejaba en la casa con el niño aguantando hambre. Me di cuenta que me engañaba cuando empezó a embarazar a otras mujeres, a quienes también engañaba.

Para sostener a mi hijo trabajaba como empleada del servicio en casas  de familia y me trasladé al barrio San Francisco, pues allí habita mucha ‘negramenta’ que fue muy solidaria conmigo. El niño lo dejaba con una señora y trabajaba por días en casas de familia.

Luego, pude ingresar a Misión Bogotá. Antes era introvertida y muy tímida. Ahora, gracias a Misión Bogotá, me he relacionado con la diversidad existente en Bogotá y he conocido su oferta cultural, como los festivales de teatro y el carnaval. Ser mujer es trabajar sin dar marcha atrás. En el Supercade, mi lugar de trabajo como guía ciudadana, atiendo a todo tipo de personas, desde el más pobre hasta el más rico, y todos con el mismo cariño y la misma calidad de  información.  Algunas personas me felicitan por mi labor; otras andan de mal genio y sueltan malas palabras, pero no me importa porque me quedo con la satisfacción de orientarlos correctamente.

Aunque vivo en Bogotá hace tiempo, no he perdido las costumbres de mi pueblo. Por eso, me he encargado de enseñarle a mi hijo las tradiciones de nuestro pueblo afrodescendiente y negro del Chocó. Algún día le podré brindar todo lo que necesite y haré todo lo posible para que estudie. Quiero brindarle un mejor futuro a mi hijo. Quiero demostrarle a mi hijo, a mi pueblo y a mí misma que puedo salir adelante. Por eso, este trabajo en Misión Bogotá ha sido una oportunidad para reconstruir mis sueños.
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